El consumidor y la hiperinformacion

La sociedad de consumo ha cambiado enormemente a lo largo de los últimos 40 años. El inicio de este cambio lo encontramos a finales de la década de los años 60 con cuatro hechos que nos ayudarán a comprender la actual sociedad de la información. Por un lado empezó la revolución de las tecnologías de la información, también encontramos la crisis económica de mediados de los años 70, que hizo replantear el modelo de con- sumo y conllevó la fuerte crisis del estatismo, y que terminó con la disolución de la URSS y la consolidación, prácticamente global, del capitalismo como sistema económico.

A nivel cultural se produce además el florecimiento de nuevos movimientos sociales (con el Mayo del 68, como inicio de ellos) y que, pese a no cristalizar en el conjunto de la población, inician un cambio de valores que desatan al individuo de numerosos corsés sociales tales como la religión o el patriarcado, y que a día de hoy nos han llevado a un mayor individualismo y a un fuerte relativismo en cuanto al sistema de valores establecido hasta la fecha.

El siguiente gran acontecimiento fue la popularización de Internet. Tal como preconizaba finales de la década de los 90 Manuel Castells en su trilogía La sociedad de la información, Internet es clave para comprender nuestra sociedad globalizada, donde la innovación (que aporta una mayor productividad) y la flexibilidad (que aumenta la competitividad) de los Estados y empresas son claves imprescindibles para sobrevivir a esta nueva era del capitalismo. Debido a la expansión de la red, la sociedad de la in- formación se vuelve cada vez más compleja y cambiante, con más agentes implicados, e implicando un mayor flujo de información. Por eso, la hemos denominado “sociedad de la híper-información”. Esta híper-información queda patente en datos como que actualmente en solo dos días, se genera la misma cantidad de información que desde el nacimiento de la escritura hasta 2003 (cinco millones de megabytes), como apunta David Ugarte en El poder de las redes.

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Internet ha acelerado los cambios en nuestra frenética sociedad del consumo, don- de términos como infoxicación, Twitter, nativos digitales, smartphones, 2.0. o redes sociales, aparecen y desaparecen a toda velocidad de nuestro vocabulario, y nos transforman no solo como a consumidores, sino también como ciudadanos. La sociedad nos construye, al mismo tiempo que la vamos construyendo.

“El consumidor reconoce más de 5.000 marcas, y sus productos derivados. Los lingüistas están de acuerdo en que podemos hablar un idioma extranjero conociendo un mínimo de 5.000 a 6.000 palabras. En consecuencia, además de la lengua materna, todos hablamos otro idioma: el lenguaje de las marcas.”(Blogger anónimo)

¿Cómo se consume actualmente?

El relativismo en cuanto a los valores, propio de la sociedad posmoderna, se re- fleja en los comportamientos del consumidor, cada vez son mucho más impredecibles. Hasta hace poco las empresas dedicadas a la investigación de mercado, se dedicaban a tipificar a los consumidores: “los pasivos”, “los que están de paseo por la crisis”, “los ahogados por la crisis”… Actualmente, deberían clasificarnos por momentos de consumo si quieren predecir nuestro comportamiento. Un mismo consumidor puede ahorrar con la elección de productos marca blanca, pero con este ahorro costear su crema hidratante de marca favorita, elegir un Macintosh al cambiarse de ordenador, regalar una cafetera Nespresso, o no poder vivir sin una conexión a Internet en su Smartphone.

Todo esto reafirma que el consumidor actual sigue siendo consumista, a pesar del alto porcentaje de ciudadanos que se encuentran ahogados por la crisis. De hecho, a día de hoy el consumo cada vez tiene un papel más central en nuestra identidad, por lo tanto, pese a las dificultades económicas y a ciertos cambios en los hábitos de consumo, queremos disfrutar del acto de compra. El “ser”, pasa por el “tener” y el “experimentar”.

“El sujeto posmoderno vive fragmentado entre decenas de obligaciones diferentes que configuran tantas identidades diferentes. No hay posibilidad de proyecto de vida y la sensación de carencia de control sobre la propia vida se acentúa. Los procesos sociales se escapan a su voluntad y control, de forma que la vida privada y el centrarse en su propio cuerpo acostumbran a ser un refugio ideal. El trabajo, vulnerable y cambiando por la exigencia de flexibilidad, ya no puede ser el eje central que configura la propia identidad, sobre todo la masculina, y el consumo pasa a ser este eje central. Todo esto requiere una gestión profesionalizada de si mismo (del uso del tiempo y del propio cuerpo) y, por lo tanto, el presente se configura como el único tiempo posible del sujeto. La deseada unicidad individual pasa por el consumo y no por el trabajo, o la construcción del propio carácter, de forma que se valora la diferencia por encima de la uniformidad o igualdad, moderna”. (Castany, B. “Contrapunt modernitat-postmodernitat”, en diversos autores, “Postmodernitat”. Barcelona, Liceu Joan Maragall-La Busca, 1998).

Este consumismo nos lleva a una de las principales características del consumidor actual: el hedonismo. Consumimos buscando el placer en los “paquetes de significa- dos” aportados por las marcas: unas nos prometen un olor que nos hace irresistibles, otras hablan del placer de conducir, otras nos dicen que “nada es imposible”… Este consumo simbólico nos llena de razones para consumir más de lo que necesitamos; las marcas nos aportan identidad, hablan de quién somos, nos permiten relacionarnos, convirtiéndose en una forma de comunicación. Esta relación del consumo con la identidad, tiene en Internet, un medio perfecto para su propagación. Desde la creación de avatares en páginas como Second life, a la popularización de otras redes sociales como Facebook, que según ONTSI, España es el tercer país del mundo con más usuarios más activos. internet el roto

El consumo hedónico y narcisista, ha hecho que tome una mayor importancia la industria dedicada al ocio y la cultura. Analizando la distribución del gasto de los españoles en los últimos 50 años, vemos como en 1958 la cultura y el ocio suponían el 4,2% de nuestro gasto, frente al 16,5% que suponía en 2008. La búsqueda constante del placer, sumada a la revalorización del tiempo de ocio (cada vez nos llena menos el trabajo) nos convierte en consumidores cada vez más infantilizados, con la adolescencia como edad insignia de nuestra era. Internet se mueve por mensajes cortos, donde impera la imagen y el titular. Y las empresas, por su parte, también se encargan de producir productos culturales cada vez más infantilizados y que inviten poco a la reflexión profunda.

Albert Vinyals. 8-1-14 

El enlace al artículo: http://sweetpress.com/publicaciones/impulso/noticias-detalle/el-consumidor-y-la-hiperinformacion/

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