Mi padre durante 29 años, regentó una tienda muy mítica en Lloret de Mar: Foto Lloses. Des de los años 50s, en mi pueblo empezó a crecer el turismo masivo. Esto queda plasmado en el mítico libro “20 años de turismo en la Costa Brava”, escrito por el lloretenc Esteve Fàbregas de 1970, que ya mostraba los males del turismo que descubren actualmente ciudades como Barcelona: masificación, precarización laboral, pérdida de identidad local, etc.

Una de las actividades de la tienda de mi padre era hacer fotos de noche y venderlas de día. Esta es una de las fotos que muestra lo bien que se lo pasaban nuestros ilustres visitantes en los 70s.
Una de las actividades de la tienda de mi padre era hacer fotos de noche y venderlas de día. Esta es una de las fotos que muestra lo bien que se lo pasaban nuestros ilustres visitantes en los 70s.

Mi padre empezó a gestionar el negocio en 1978 y pasó de ser una tienda centrada en la fotografía y algunos souvenirs, a transformarse al ritmo que lo hacían los visitantes de nuestra Vila. En pocos años, pasamos de un turismo familiar, a recibir grupos cada vez más jóvenes, que buscaban la triple “S”: sun, sex and sangría. Lloret se convirtió en un pueblo pensado para que el turista se lo pasase muy bien, excepto cuando llega la resaca.

La tienda acabó vendiendo postales, merchandising rockero(muy de moda en los 80s), material erótico-festivo ideal para despedidas de soltero y prácticas onanistas, gadgets como cachimbas, posters, disfraces, ropa militar (de moda en los 90s),… y entre otras cosas innombrables, los míticos objetos de broma. En realidad, para mis compañeros de escuela yo era el niño afortunado de tener “la tienda de bromas”. Vendíamos bombas fétidas, pastillas de jabón que manchaban,  cojines pedorreros,

Foto lloses lloret
La tienda en los 90s, con la parte de parches y demás merchandising rockero.

pichas saltarinas, chicles que al cogerlos tenían una trampa para los dedos, cacas falsas, vasos con doble cristal que parecía que estaban llenos… Y entre cientos de bromas, a principios de los 90s, llegaron “las cosas que electrocutaban”. Teníamos objetos como carteras, mecheros y latas de refresco que al cogerlas, te daban una descarga eléctrica. Para sorprender a los clientes, en las estanterías teníamos una lata atada con un hilo de pescar trasparente que cuando los turistas por curiosidad la cogían, les metía el latigazo. Lo del hilo de pescar era porqué sino caían al suelo y rompían más que vendíamos. Durante unos años fueron un exitazo.

La primera vez en mi vida que fui consciente de lo inútil que era todo lo que vendíamos en la tienda, fue a principios de los años 90s, con la llegada de los primeros turistas “del Este”. Pocos años después de la caída del muro de Berlín, empezaron a llegar a Lloret los primeros turistas de las antiguas repúblicas soviéticas comunistas. Mi padre, como la mayoría de trabajadores de Lloret, tenía una capacidad infalible para detectar el país de origen, sin ni siquiera oírles hablar y “los del Este” se detectaban instantáneamente. De entrada, sus ropajes austeros les delataban, pero lo que más sorprendía a los comerciantes de Lloret era su comportamiento.

Lloret del mal
Lloret era tan surrealista, que a la tienda venía un hombre con un mono y un tigre, para que los turistas se fotografiasen con ellos (absolutamente denunciable en la actualidad)

Entraban en la tienda con cara muy seria, casi sin expresión facial y solían andar hasta el fondo, daban media vuelta y salían, sin comprar y prácticamente sin mirar nada. Pasaban entre pasillos de bromas, muñecas hinchables y demás objetos absurdos, con la expresión de una vaca al ver pasar el tren. Para alguien que venía de un país comunista, que su consumo se basaba en cubrir necesidades básicas, nuestra tienda era inexplicable.

La anécdota más curiosa, que se repitió en numerosas ocasiones, se daba cuando los más curiosos, empezaban a tocar objetos y se encontraban con la lata de refrescos que daba calambres. La cogían, les daba calambre, ponían cara de estupor y la soltaban. En lugar de hacer como el resto de clientes que era reír, hacerle la broma a algún amigo o cagarse en todo; estos volvían a coger la lata, les daba calambre, ponían cara de estupor y la soltaban. Alguno lo repitió hasta tres veces. Ni risas, ni enfados, ni nada. Suponíamos que no comprendían por qué alguien vendía una lata que electrocutaba, si las latas eran para beber.

Foto cine lloses lloretLa actitud de esta gente no era fruto de tener menos cultura o menos inteligencia. Lo que les pasaba es que se habían criado en un entorno tan distinto al nuestro, que mi tienda parecía salida de otro planeta. Nuestra sociedad de consumo nos ha acostumbrado tanto a comprar objetos sólo pensados para divertirnos, que la tienda de mi padre, que cerró en 2004 por jubilación, seguro que todavía podría funcionar en Lloret, a pesar de seguir vendiendo únicamente cosas inútiles.

 

Este texto es un fragmento de mi futuro libro, que espero tenerlo terminado este 2019.